Sección 6 - Sustitutos para las Funciones de la Guerra
A esta altura, debería resultar claro que el plan maestro más detallado e integral para una transición hacia la paz mundial, seguirá siendo meramente académico si omite abordar el problema de las funciones críticas no-militares de la guerra. Las necesidades sociales que estas funciones satisfacen son esenciales; si el sistema de guerra dejara de existir para satisfacerlas, se deberán entonces crear instituciones sustitutas para dicho propósito. Estos sustitutos deben ser "realistas", lo que significa que deben disponer de un marco y una naturaleza que puedan ser concebidos e implementados dentro del contexto de las posibilidades sociales de la actualidad. Esto no es una perogrullada ya que los requerimientos de un radical cambio social a menudo obligan a tomar conciencia de que la distancia que separa a una proyección muy conservadora de un esquema alocadamente utópico puede ser muy corta.
En la presente sección consideraremos algunos posibles sustitutos para estas funciones. Solo en raros casos han sido propuestos para los objetivos que nos conciernen en el presente, pero no vemos ninguna razón que nos obligue a limitarnos a propuestas que se relacionan explícitamente con el problema que hemos planteado. Dejaremos de lado las funciones ostensibles o militares de la guerra; es una premisa del presente estudio que la transición hacia la paz implica en forma absoluta que esas funciones militares no existan más en ningún sentido relevante. También dejaremos de lado las funciones no-críticas expuestas al final de la sección anterior.
Económicos
Los sustitutos económicos de la guerra deben cumplir con dos criterios principales. Deben representar un "desperdicio" en el sentido usual de la palabra y deben operar fuera del sistema normal de la oferta y la demanda. Un corolario de ello que resulta obvio es que la magnitud del desperdicio debe ser suficiente como para corresponder a las necesidades de la sociedad. Una economía tan avanzada y compleja como la nuestra requiere de la destrucción anual planificada de no menos del 10% de producto bruto nacional, (29) si ha de cumplir con su función estabilizadora. Cuando la masa del contrapeso resulta inadecuada para el poder que se supone debe controlar, su efecto puede ser auto-anulante como si fuera una locomotora que se escapa sin control. La analogía, aunque cruda, (30) es particularmente apta para la economía (norte)americana como lo demuestra nuestra trayectoria de depresiones cíclicas. Todas han tenido lugar durante periodos de gastos militares gruesamente inadecuados.
Aquellos pocos programas de reconversión económica que implícitamente reconozcan las funciones económicas no-militares de la guerra (al menos en alguna medida) tienden a presumir que los así-llamados gastos de asistencia social llenarán el vacío creado por la desaparición del gasto militar. Cuando uno considera la cantidad de negocios aun pendientes - o sea, propuestos pero aun no ejecutados - en este campo, la presunción resulta plausible. Examinemos brevemente la siguiente lista que es más o menos típica de los programas generales de asistencia social. (31)
Salud. La expansión drástica de las investigaciones medicas, de la educación y de las capacidades de entrenamiento; construcción de hospitales y clínicas; el objetivo general de una garantía gubernamental del cuidado completo de la salud para todos, a un nivel consistente con los actuales desarrollos en la tecnología medica.
Educación. El equivalente del rubro anterior en la capacitación de maestros; escuelas y bibliotecas; la drástica mejora de los standards con el objetivo general de permitirle a todos una meta educativa lograble y equivalente a lo que hoy se considera un título profesional.
Vivienda. Viviendas limpias, cómodas, seguras y espaciosas para todos, al nivel del que actualmente disfruta aproximadamente un 15% de la población de este país (y menos en otros países).
Transporte. El establecimiento de un sistema de transporte público masivo que haga posible a todo el mundo viajar hacia y desde sus lugares de trabajo y recreo en forma rápida, cómoda y conveniente y de poder viajar privadamente por placer y no por necesidad.
Ambiente físico. La eliminación real de la pobreza según se defina por un standard consistente con la productividad económica actual, a través de un ingreso anual garantizado o a través de cualquier sistema de distribución que mejor asegure este logro.
Estos son solo algunos ejemplos de los ítems más obvios del bienestar doméstico y los hemos enumerado a propósito de manera amplia y quizás extravagante. En el pasado un "programa" tan vasto y ambiguo hubiese sido descartado sin más sin prestársele seria consideración; hubiese sido considerado prima facie demasiado costoso, al márgen de sus implicancias políticas. (32) Nuestra objeción, por otra parte, apenas podría ser más contradictoria. Como sustituto de la guerra, consideramos que resulta inadecuado dado que es demasiado barato.
Si esto parece paradójico, debe recordarse que hasta el momento, todo gasto de acción social propuesto ha debido medirse dentro de la economía de guerra y no como un reemplazo de la misma. El viejo slogan de que un acorazado de guerra o un misil intercontinental cuesta tanto como x hospitales, o y escuelas, o z viviendas, asume un significado muy diferente si ya no ha de haber más acorazados de guerra ni misiles intercontinentales.
Dado que esta lista es general, hemos optado por evitar la controversia tangencial que afecta a las proyecciones arbitrarias de costos que no ofrecen estimaciones individuales de costos. Pero el programa mayor que podría efectuarse según los lineamientos indicados podría acercarse al nivel establecido del gasto militar únicamente durante un plazo limitado - en nuestra opinión, sujeto a un análisis detallado de costo y factibilidad, durante menos de diez años. Durante este breve plazo, y a esta velocidad, los principales objetivos del programa serían logrados. Su fase de inversión de capital se habría cumplido y se habría establecido un permanente y comparativamente modesto nivel de costo operativo anual - dentro del marco de la economía general.
Aquí yace la debilidad fundamental del sustituto a través de la acción social. A corto plazo, el programa más ambicioso que pudiese diseñarse podría reemplazar a un programa normal de gastos militares, siempre y cuando fuese diseñado, como el modelo militar, para quedar sujeto al control arbitrario. Por ejemplo, planes de construcción de viviendas públicas o el desarrollo de centros médicos modernos podrían ser acelerados o demorados de vez en cuando en consonancia con los requerimientos de una economía estable. Pero en el largo plazo, el gasto en acción social, aunque se lo redefina reiteradamente, necesariamente se convertiría en una parte integral y aceptada de la economía, sin un valor estabilizante mayor que el de la industria automotriz, o la vejez, o el seguro de supervivientes. Al margen del mérito que pudieran tener estos programas de asistencia social en sí mismos, su función como un sustituto de la guerra dentro de la economía se auto-anularía. Podrán servir, por ejemplo, como paliativos hasta tanto se desarrollen medidas sustitutas más durables.
Otro sustituto económico que ha sido propuesto consiste en una serie de gigantescos programas de "investigación espacial". Estos ya han demostrado su utilidad en una escala más modesta dentro de la economía militar. Lo que se ha insinuado, aunque aun no se ha propuesto de manera explícita, es que se lleve a cabo el desarrollo de una secuencia a largo plazo de proyectos de investigación espacial con objetivos básicamente no-logrables. Este tipo de programa puede ofrecer varias ventajas que faltan en el modelo de bienestar social. Primeramente, es muy improbable que se auto-liquide, sean cuales fueren las previsible "sorpresas" que la ciencia nos tenga preparada: el universo simplemente resulta demasiado grande. En el caso de que algún proyecto individual tuviera un gran nivel de éxito, no existirían problemas para lograr su posterior reemplazo. Por ejemplo, si la colonización de la luna avanza según lo previsto, luego se tornaría "necesario" establecer bases en Marte o en Júpiter y así sucesivamente. En segundo lugar, no necesita ser más dependiente de la economía de oferta y demanda que su prototipo militar y en tercer lugar se presta excepcionalmente bien a un control arbitrario.
La investigación espacial puede visualizarse como el equivalente moderno más cercano, que se haya diseñado hasta el momento, de los constructores de pirámides y similares empresas rituales de la antigüedad. Es verdad que el valor científico del programa espacial, aun del ya ejecutado, es substancial por sí solo. Pero los actuales programas son absurda y obviamente desproporcionados en su relación entre los conocimientos buscados y el gasto incurrido. Salvo una pequeña parte del presupuesto espacial que puede medirse según los standards de objetivos científicos comparables, el resto debe ser cargado de facto a la economía militar. La investigación espacial como un sustituto para la guerra reduciría aun más la lógica "científica" de su presupuesto hasta un nivel ínfimo. Como un sustituto puramente económico para la guerra, entonces, la extensión del programa espacial justifica una seria consideración.
En la sección 3, hemos señalado que ciertos modelos de desarme que hemos denominado como conservadores postulaban sistemas de inspección extremadamente caros y elaborados. ¿Será factible extender e institucionalizar tales sistemas hasta un punto tal en que pudieran servir como sustitutos económicos al gasto de guerra? La organización de mecanismos de inspección absolutamente confiables podría ser ritualizada de una forma similar a lo que ocurre con los procesos militares establecidos. "Equipos de inspección" podrían ser muy similares a los ejércitos y sus equipamientos técnicos serian bastante como las armas. No habría dificultad en inflar el presupuesto para tales inspecciones hasta una escala militar. El atractivo de este tipo de esquema yace en la relativamente fácil transición entre dos sistemas paralelos.
El sustituto consistente en un esquema de "inspección elaborada" resulta, sin embargo, fundamentalmente falaz. Aunque posiblemente resulte económicamente útil como así también políticamente necesario durante la transición hacia el desarme, no lograría funcionar como un sustituto de la función económica de la guerra debido a una simple razón. Un esquema de inspección para el mantenimiento de la paz conforma parte de un sistema de guerra y no de un sistema de paz. Implica la posibilidad de mantener o fabricar armamentos que no existirían si el mundo se encontrara en paz en la forma que definimos en el presente. Las inspecciones masivas también implican sanciones y, correspondientemente, un estado de preparación para la guerra.
La misma falacia resulta más obvia en los planes para crear una estructura inútil de "reconversión de defensa". Esta propuesta, hace ya tiempo desacreditada, de construir instalaciones "totales" de defensa civil es un ejemplo; otro es el plan de establecer un complejo antimisilistico gigantesco (Nike-X y otros). (33) Estos programas, por supuesto, son económicos más que estratégicos. Sin embargo, no configuran sustitutos para el gasto militar sino meramente representan distintas formas del mismo.
Una variante más sofisticada es la propuesta de establecer las "Fuerzas No Armadas" de los Estados Unidos. (34) Esto mantendría muy convenientemente a toda la estructura militar institucional, redirigiéndola hacia actividades esencialmente de acción social a una escala global. Sería en la práctica, una suerte de gigantesco Peace Corps (35) militar. No hay nada inherentemente no realizable en este plan y la utilización de la actual estructura militar para llevar a cabo su propio reemplazo es bastante creativo y también resulta conveniente. Pero aun sobre una base mundial muy ampliada, los gastos en acción social deberán tarde o temprano reingresar a la atmósfera de la economía normal. Las virtudes transicionales prácticas de semejante esquema se verían entonces negadas a la larga por su inadecuación como estabilizador económico permanente.
Políticos
El sistema de guerra permite la existencia de gobiernos estables en las sociedades. Esto lo realiza esencialmente brindando una amenazante necesidad externa para que una sociedad acepte ser gobernada políticamente. Al hacerlo, establece las bases para la nacionalidad y la autoridad del gobierno para controlar a sus ciudadanos. ¿Qué otra institución o combinación de programas podría desempeñar estas funciones en su lugar?
Ya hemos señalado que el fin de la guerra significa el fin de la soberanía nacional y, consecuentemente, el fin del concepto de nación como lo conocemos hoy en día. Pero esto no significa necesariamente el fin de las naciones en el sentido administrativo, y el poder político interno continuará siendo esencial para una sociedad estable. Las "naciones" emergentes de la era de la paz deberán seguir nutriendo su autoridad política de alguna fuente.
Se ha realizado una serie de propuestas respecto de las relaciones entre las naciones tras un desarme total; todas son, esencialmente, jurídicas en su naturaleza. Contemplan instituciones más o menos como las de la Corte Mundial o de las Naciones Unidas pero investidas con verdadera autoridad. Pueden o no desempeñar su propósito ostensible pos-militar para la resolución de disputas internacionales pero no necesitamos analizar este aspecto aquí. Ninguna de ellas ofrecería una presión externa efectiva para una nación mundial en paz que le permita organizarse políticamente.
Podría argüirse que una fuerza policial internacional bien armada que opere bajo la autoridad de semejante "corte" supranacional podría cumplir la función de un enemigo externo. Esto, sin embargo, constituiría una operación militar como los esquemas de inspección ya mencionados y como ellos, seria inconsistente con la premisa de un fin al sistema de guerra. Posiblemente, alguna variante de la idea de las "Fuerzas No-Armadas" podría desarrollarse de una manera tal que sus actividades "constructivas" (o sea, acción social), puedan combinarse con una amenaza económica lo suficientemente importante y creíble como para justificar la organización política. ¿Seria una amenaza semejante también contradictoria a nuestra premisa básica? - o sea, ¿sería inevitablemente militar? En nuestra opinión, este no sería necesariamente el caso, pero somos escépticos respecto de su capacidad para evocar la credibilidad. A su vez, el efecto obviamente desestabilizante de cualquier sustituto de acción social global sobre las (políticamente necesarias) relaciones de clase, crearía un conjunto totalmente nuevo de problemas de transición de una magnitud por lo menos semejante.
La credibilidad, en verdad, yace en el corazón del problema del desarrollo de un sustituto político para la guerra. Aquí es donde las propuestas de la carrera espacial, que son tan adecuadas en muchos aspectos como sustitutos económicos de la guerra, se quedan cortas. El proyecto espacial más ambicioso y menos realista no puede, por si mismo, generar una amenaza externa creíble. Se ha debatido acaloradamente (36) que semejante amenaza ofrecería la "ultima y mejor esperanza para la paz" etc., al unir a la humanidad en contra del peligro de destrucción por "criaturas" de otros planetas o provenientes del espacio exterior. Se han propuesto experimentos para probar la credibilidad de una amenaza consistente en una invasión desde fuera de este mundo; es plausible que algunos de los incidentes de "platos voladores" más difíciles de explicar en los últimos años hayan sido algunos primeros experimentos de esta clase. No prevemos ninguna dificultad en lograr que la "necesidad" de una programa super espacial gigantesco sea creíble por razones económicas aunque no hubiesen precedentes; sin embargo, pretender ampliarlo para que satisfaga determinados objetivos políticos, lo que obliga a incorporarle características que lamentablemente se asocian con la ciencia ficción, seria obviamente una empresa cuyo éxito parece mucho más dudoso.
No obstante ello, un sustituto político efectivo de la guerra requeriría "enemigos alternativos" algunos de los cuales podrían parecer rebuscados dentro del contexto del actual sistema de guerra. Podría ocurrir, por ejemplo, que la fuerte contaminación del medio ambiente pudiera eventualmente reemplazar la posibilidad de destrucción masiva por armas nucleares como amenaza principal y más evidente para la supervivencia de nuestra especie. El envenenamiento del aire y de las principales fuentes de alimentos y de agua ya se encuentra bastante adelantado y a primera vista podría representar una solución a este problema; constituye una amenaza que solo puede abordarse a través de una adecuada organización social y con poder político. Pero se estima que deberá pasar entre una generación y una generación y media antes de que la contaminación ambiental, por más severa que sea, se torne lo suficientemente amenazante a nivel global como para ofrecer una posible base de solución.
Es verdad que la tasa de contaminación podría incrementarse en forma selectiva para este propósito; en verdad, la mera modificación de los programas actuales para prevenir la contaminación podrían acelerar este proceso como para que se genere una amenaza creíble mucho antes. Pero el problema de la contaminación se ha visto publicitado tan ampliamente en los últimos años que parece altamente improbable que un programa gubernamental de efectos deliberadamente nocivos para el medio ambiente pudiera ser implementado de manera políticamente aceptable.
Por más improbable que el posible enemigo alternativo que hemos mencionado pueda parecer, debemos enfatizar que alguno debe ser hallado, y el mismo debe ser de una calidad y magnitud creíble si una transición hacia la paz ha de llevarse a cabo algún día sin que provoque la desintegración social. Resulta más probable, a nuestro juicio, que semejante amenaza deba ser inventada en lugar de que se desarrolle partiendo de condiciones desconocidas. Por esta razón, consideramos como poco conveniente seguir especulando acerca de su naturaleza putativa. Dado que tenemos dudas considerables de que cualquier sustituto político viable pueda ser diseñado, somos remisos a comprometernos, a través de un análisis prematuro, a proponer cualquier posible opción que pudiera adoptar nuestro gobierno al respecto.
Sociológicos
De las muchas funciones de la guerra que hemos considerado conveniente agrupar bajo esta clasificación, dos resultan críticas. En un mundo de paz, la continuada estabilidad de la sociedad requerirá:
(1) un sustituto efectivo de las instituciones militares que pueda neutralizar los elementos sociales desestabilizantes, y
(2) un sustituto motivacional para la guerra que resulte creíble y que pueda asegurar la cohesión social. El primero es un elemento esencial del control social; el segundo es un mecanismo básico para adaptar las motivaciones humanas individuales a los requerimientos de la sociedad.
La mayoría de las propuestas se focalizan, explícitamente o no, sobre el problema de la posguerra de controlar a los elementos socialmente alienados y proponen alguna variante del tipo de la Peace Corps o los así-llamados Job Corps [Cuerpos de Trabajo] como solución. Los elementos socialmente desafectados, los económicamente no preparados, los que se sienten psicológicamente incómodos, los "delincuentes" endurecidos, los "subversivos" incorregibles y el resto de los elementos no empleables por la sociedad, son vistos como si se los pudiese transformar en trabajadores sociales más o menos dedicados, a través de las disciplinas representadas por un servicio modelado sobre el ejemplo militar. Esta presunción también se condice con la racionalización, en otros rubros, del plan de las "Fuerzas No-Armadas".
El problema ha sido abordado, en el lenguaje de la sociología popular, por el Secretario McNamara: "Aun en nuestras sociedades de la abundancia, tenemos razón suficiente para preocuparnos por las tensiones que presionan a los jóvenes de orígenes menos privilegiados, quienes finalmente se transforman en delincuentes y criminales. ¿Qué habríamos de esperar......en lugares en que la creciente frustración probablemente se transforme en erupciones de violencia y extremismo?" En una parte aparentemente no relacionada, continúa diciendo "Se me ocurre que iríamos por el camino de hallar una solución a esta iniquidad (del sistema de conscripción universal) si se le pidiese a cada joven en los Estados Unidos que brindara dos años de servicio a su país - sea en uno de los servicios militares, o en el Peace Corps o en algún otro trabajo de desarrollo voluntario en el país o en el extranjero. Podríamos motivar a otras naciones para que hicieran lo mismo." (37)
Aquí como en otras partes de este significativo discurso, el Sr. McNamara se ha focalizado indirectamente, pero sin errar, sobre uno de los temas clave que hacen a una posible transición hacia la paz y ha indicado luego también indirectamente cual seria un enfoque aproximado para su resolución, nuevamente redactado según el idioma del actual sistema de guerra.
Parece claro que el Sr. McNamara y otros proponentes de un sistema sustituto como el cuerpo de paz para que cumpla esta función de la guerra se apoyan fuertemente sobre el éxito que tuvieron los programas paramilitares impulsados durante la Depresión a los que nos hemos referido en la ultima sección. Consideramos que este precedente es totalmente inadecuado en sus alcances. Ni la falta de un precedente adecuado ni el sentimentalismo dudoso de la acción social que caracterizan este enfoque, sin embargo, justifican que se lo rechace sin más sin antes estudiarlo cuidadosamente. Podría ser viable, siempre y cuando, primero se le extraiga el origen militar al esquema del Peace Corps en su actividad operacional y segundo que la transición de las actividades paramilitares hacia "trabajos experimentales" se efectúe sin importar las actitudes del personal del Peace Corps o del "valor" del trabajo que se espera que realice.
Otro posible sustituto para el control de enemigos potenciales de la sociedad lo conforma la reintroducción, de alguna manera consistente con la tecnología y los procesos políticos modernos, de la esclavitud. Hasta ahora, esto ha sido sugerido solamente en obras de ficción, particularmente en los trabajos de Wells, Huxley, Orwell y otros involucrados en la anticipación imaginativa de la sociología del futuro. Pero las fantasías proyectadas en Un Mundo Feliz y el 1984 han parecido cada vez menos inimaginables en los años que corrieron desde sus respectivas publicaciones. La asociación tradicional de la esclavitud con las culturas antiguas preindustriales no debería enceguecernos sobre sus posibilidades de adaptación a las formas avanzadas de organización social, ni tampoco su también tradicional incompatibilidad con los valores morales y económicos de Occidente. Resulta totalmente posible que el desarrollo de una forma sofisticada de esclavitud se transforme en un requisito absoluto para lograr el control social en un mundo en paz. Como un tema práctico, la reconversión del código de disciplina militar en una forma eufemística de esclavitud requeriría sorprendentemente pocas revisiones; el primer paso lógico seria la adopción de alguna forma de servicio militar "universal".
Cuando se trata de postular sustitutos creíbles para la guerra que sean capaces de dirigir los patrones del comportamiento humano en nombre de la organización social, existen pocas opciones. Al igual que su función política, la función motivacional de la guerra requiere de la existencia de un enemigo social genuinamente amenazante. La diferencia principal radica en que, a los efectos de motivar una lealtad básica, en contraposición con la aceptación de una autoridad política el "enemigo alternativo" debe implicar una amenaza de destrucción más inmediata, tangible y directamente percibida. Debe justificar la necesidad de tomar y pagar un "precio en sangre" en amplias áreas de interés humano.
En este sentido, los posibles enemigos sustitutos ya mencionados previamente resultarían insuficientes. Una excepción sería el modelo de contaminación del medio ambiente si el peligro que presenta para la sociedad resultase genuinamente inminente. Los modelos ficticios deberían conllevar el peso de una extraordinaria convicción, sustentada por una no inconsiderable perdida de vidas humanas; la construcción de una estructura actualizada mitológica o religiosa para este propósito presentaría dificultades en nuestra era pero de todos modos debe ser considerada como una opción.
Los teóricos de los juegos también han sugerido, en otros contextos, el desarrollo de "juegos de sangre" para el control efectivo de los impulsos agresivos individuales. Resulta un comentario irónico del estado actual de los estudios sobre la guerra y la paz que se haya dejado en manos de los científicos - y no de los productores de películas comerciales (38) - el desarrollo de un modelo para esta noción del nivel implausible del melodrama popular como persecución humana ritualizada. De un modo más realista, un rito semejante podría socializarse de la misma manera en que lo hizo la Inquisición Española y los menos formales juicios de brujas de otros tiempos, con el propósito de lograr la "purificación social", la "seguridad del estado" u otros objetivos que sean tanto aceptables como creíbles para las sociedades de la posguerra. La factibilidad de realizar una versión actualizada de otra institución antigua, aunque de dudoso éxito, es considerablemente menos complejo que la noción sin fundamento de muchos planificadores de la paz en el sentido de que una condición estable de paz puede ser lograda sin la más profunda examinación de los posible sustitutos para las funciones esenciales de la guerra. De lo que se trata aquí, en cierto sentido, es de la búsqueda del "equivalente moral de la guerra" de William James.
También resulta posible que las dos funciones consideradas bajo este rubro puedan ser satisfechas en su conjunto en el sentido de establecer qué es lo antisocial, para lo cual se requiere una institución controladora como el "enemigo alternativo" necesario para mantener a la sociedad cohesionada. El avance sin pausa e irreversible en el tamaño de los grupos de personas no empleables en todos los niveles de la sociedad y la similar extensión de la alienación generalizada de los valores aceptados (39) puede que tornen necesario a un programa semejante incluso como un complemento dentro del actual sistema de guerra. Como antes, no especularemos sobre las formas especificas que podría adoptar un programa de este tipo salvo para señalar que, nuevamente, existen amplios precedentes en el tratamiento que se le ha dado a los grupos étnicos desfavorecidos, supuestamente amenazantes, en ciertas sociedades durante determinados periodos históricos. (40)
Ecológicos
Considerando las desventajas de la guerra como mecanismo de control selectivo de la población, podría parecer que el diseño de sustitutos para esta función debería resultar comparativamente simple. Esto es así en teoría pero el problema de administrar la transición en el tiempo hacia un nuevo mecanismo de equilibrio ecológico hace que la factibilidad de la sustitución sea menos clara.
Debe recordarse que la limitación de la guerra en esta función es enteramente eugénica. La guerra no ha sido genéticamente progresista. Pero como sistema de control general poblacional para preservar a la especie, no puede considerarse como fallida. Como se ha señalado, la naturaleza de la guerra en sí está sufriendo una transición. Las tendencias actuales en materia bélica - el aumento en los bombardeos estratégicos sobre poblaciones civiles y la mayor importancia militar que ahora se le otorga a la destrucción de fuentes de aprovisionamiento (en contrapartida con las bases y personal puramente "militares"), sugieren poderosamente que se está produciendo una mejora cualitativa realmente importante. Asumiendo que el sistema de guerra ha de continuar, resulta más que probable que la calidad regresivamente selectiva de la guerra se habrá invertido a medida en que sus víctimas resultan más y más representativas de sus respectivas sociedades.
No existe ninguna cuestión, fuera de un requerimiento universal, de que la procreación se vea limitada a los resultados de la inseminación artificial ya que ésta brindaría un sustituto totalmente adecuado para controlar los niveles poblacionales. Semejante sistema reproductivo tendría, por supuesto, la ventaja adicional de ser susceptible a la administración eugénica directa. Su futuro desarrollo previsible - concepción y crecimiento embriónicos que tengan lugar íntegramente bajo condiciones de laboratorio - extenderían estos controles hasta sus conclusiones lógicas. La función económica de la guerra bajo estas circunstancias no solo se vería mejorada sino que también sería superada en su efectividad.
El paso intermedio indicado - el control total de la concepción con una variante que involucre a la píldora anticonceptiva, a través de las fuentes de provisión de agua o de ciertos alimentos, luego contrarestado por medio de algún "antídoto" controlado - ya se encuentra bajo desarrollo. (41) Parecería no existir ninguna necesidad previsible de revertir a prácticas pasadas de moda a las que nos hemos referido en la sección anterior (infanticidio, etc.), como hubiera sido el caso si la posibilidad de la transición hacia la paz hubiese surgido hace dos generaciones.
La verdadera cuestión aquí, entonces, no se refiere a la viabilidad de un sustituto de la guerra sino a la problemática política de llevarla a cabo. No puede establecerse mientras el sistema de guerra siga vigente. La razón de ello es simple: el exceso poblacional es material de guerra. Mientras cualquier sociedad deba contemplar aun la posibilidad remota de una guerra, debe mantener el nivel poblacional en el punto máximo soportable, aun cuando hacerlo agrave de manera crítica las responsabilidades económicas. Esto resulta paradójico en vista del rol de la guerra en reducir el exceso poblacional pero puede ser fácilmente comprendido. La guerra controla el nivel general de la población, pero el interés ecológico de cualquier sociedad específica yace en mantener su hegemonía en relación a otras sociedades. La analogía obvia la encontramos en cualquier economía de libre-empresa. Las prácticas que resultan dañinas para la sociedad en su conjunto - tanto las competitivas como las monopólicas - son minimizadas a través de las motivaciones económicas conflictivas emergentes del interés individual capitalista. El precedente obvio lo encontramos en las dificultades políticas irracionales que han bloqueado la adopción universal de métodos simples para el control de la natalidad. Las naciones que más desesperadamente necesitan mejorar las relaciones desfavorables de producción/consumo, no están dispuestas, sin embargo, a apostar sus posibles requerimientos militares de dentro de veinte años para resolver esta problemática. El control poblacional unilateral como se practicara en el antiguo Japón y en otras sociedades aisladas queda totalmente fuera de cuestión en el mundo actual.
Dado que la solución eugénica no puede lograrse hasta tanto la transición hacia un sistema de paz haya tenido lugar, entonces ¿porqué no esperar? Uno debe comprender que se podría estar de acuerdo con este razonamiento. Como mencionáramos previamente, la verdadera posibilidad de una crisis global de insuficiencia alimentaria sin precedentes existe hoy en día, y es muy probable que el sistema de guerra no lo pueda frenar. Si esto llegara a tener lugar antes de que se complete una transición acordada hacia la paz, el resultado sería irrevocablemente desastroso. Claramente no existe ninguna solución para este dilema; es un riesgo que debe ser tomado. Pero tiende a apoyar el punto de vista de que si se adopta una decisión para eliminar el sistema de guerra, sería mejor hacerlo antes que después.
Culturales y científicos
Hablando en términos precisos, la función de la guerra como determinante de valores culturales y como motorizador primario del progreso científico puede que no sea crítico para un mundo sin guerra. Nuestro criterio respecto de las funciones básicas no militares de la guerra ha sido: ¿Son necesarias para la supervivencia y la estabilidad de la sociedad? La necesidad absoluta de determinantes de valor cultural sustitutos y de un continuado avance del conocimiento científico no ha quedado establecido. Consideramos importante, sin embargo, en nombre de aquellos para quienes estas funciones tienen una importancia subjetiva, que se sepa qué es lo que razonablemente puede esperarse de la cultura y de la ciencia después de una transición hacia la paz.
En lo que se refiere a las artes creativas, no existe razón para creer que tuvieran que desaparecer sino solamente de que cambiarían en su carácter e importancia social relativa. La eliminación de la guerra con el tiempo le quitaría su principal fuerza pero necesariamente pasaría algún tiempo antes que esa incidencia se hiciera sentir. Durante la transición y quizás durante una generación posterior, temas del conflicto socio-moral inspirados por el sistema de guerra se transferirían en forma creciente al idioma de la sensibilidad puramente personal. Al mismo tiempo, se tendría que desarrollar una nueva estética. Sea cual sea su nombre, forma o lógica, su función sería la de expresar en el lenguaje apropiado para el nuevo período la alguna vez desacreditada filosofía de que el arte existe por sí mismo. Esta estética rechazaría inequívocamente el requerimiento clásico del conflicto paramilitar como contenido sustantivo de todo gran arte. El efecto eventual del arte de la filosofía de la paz mundial sería el de la democratización extrema, en el sentido de que una subjetividad generalmente reconocida de los standards artísticos equilibraría sus nuevos "valores" libres de contenido.
Lo que puede esperarse que ocurra es que al arte se le reasignaría el rol que alguna vez desempeñó en una par de sistemas sociales primitivos orientados hacia la paz. Esta era una función puramente decorativa, de entretenimiento o juego, enteramente libre del peso de expresión de valores socio-morales y conflictos de una sociedad orientada hacia la guerra. Resulta interesante observar que el trabajo correspondiente a una estética libre de valores de esta naturaleza ya se está realizando hoy en los crecientes experimentos artísticos que carecen de contenido, posiblemente anticipando así la venida de un mundo sin conflictos. Se ha desarrollado un culto alrededor de un nuevo determinismo cultural (42) que propone que la forma tecnológica de la expresión cultural determina sus valores en lugar de hacerlo a través de un contenido con un significado ostensible. Su implicancia clara es que no existe un arte "bueno" o "malo" sino tan solo aquél que resulta apropiado a su tiempo (tecnológico) y aquél que no es apropiado. Su efecto cultural ha sido el de promover construcciones circunstanciales y expresiones no planeadas; le niega al arte la relevancia de la lógica secuencial. Su significado dentro de este contexto es que provee un modelo operativo de un tipo de cultura libre de valores que posiblemente podamos anticipar en un mundo en paz.
En lo que concierne a la ciencia, podría parecer a primera vista que un programa especial gigantesco podría ser uno de los sustitutos económicos más prometedores para la guerra y que al mismo tiempo podría servir como el estimulador básico de la investigación científica. La carencia del fundamental conflicto social organizado inherente en el trabajo relacionado con el espacio, sin embargo, lo excluiría como un sustituto motivacional adecuado para la guerra cuando se aplica a la ciencia "pura". Sin embargo, podría sostener el espectro amplio de la actividad tecnológica que un presupuesto de investigación espacial de dimensiones militares requeriría. Un programa de asistencia social de escala similar podría brindar un ímpetu comparable a los adelantos tecnológicos de bajo nivel, especialmente en la medicina, los métodos de la construcción, la psicología educativa, etc. El sustituto eugénico de la función ecológica de la guerra también requeriría una investigación continua en ciertas áreas de las ciencias de la vida.
Fuera de estos sustitutos parciales de la guerra, debe tenerse presente que el impulso otorgado al progreso científico por las grandes guerras del ultimo siglo y aun más por la anticipación eventual de la tercer guerra mundial es material e intelectualmente enorme. Es nuestra conclusión que si el sistema de guerra terminase mañana mismo, este impulso es tan poderoso que la persecución del conocimiento científico podría esperarse que seguiría avanzando sin una disminución notable durante unas dos décadas. (43) Luego, continuaría a un ritmo cada vez menor durante otras dos décadas antes de que la "cuenta bancaria" de los problemas sin resolver de la actualidad terminaran. Por los standards de las preguntas que hemos aprendido a formular actualmente, no existiría ya nada más que valga la pena que permaneciera sin conocer; no podríamos concebir entonces cuales serían las preguntas científicas a realizar una vez que aquellas que ahora nos formulamos hallasen sus respuestas.
Esto nos conduce inevitablemente a otro tema: el valor intrínseco de la búsqueda ilimitada del conocimiento. Nosotros, por supuesto, no ofrecemos ningún juicio de valor independiente pero hace a este punto que señalemos que una minoría substancial de opinión científica considera que dicha búsqueda debe circunscribirse de todos modos. Esta opinión es, en sí, un factor a considerar la necesidad de un sustituto para la función científica de la guerra. También debemos señalar el precedente de que durante largos periodos de la historia humana, a menudo abarcando miles de años, hubo períodos en los que no se le asignó ningún valor social al progreso científico y sin embargo hubo sociedades estables que sobrevivieron y florecieron. Aunque esto no hubiera sido posible en el mundo moderno industrial, no podemos estar seguros de que no pudiera ser nuevamente factible en un futuro mundo en paz.
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