martes, 17 de agosto de 2010

El Iforme IRON MONTAIN Sección 4 - La Guerra y la Paz como Sistemas Sociales

Sección 4 - La Guerra y la Paz como Sistemas Sociales

Nos hemos referido tan solo en términos generales a los escenarios de desarme y a los análisis económicos propuestos, pero la razón por la cual hemos abordado con aparente liviandad a estos estudios tan serios y sofisticados, no yace en que no seamos respetuosos acerca de su competencia. Se trata más bien de una cuestión de su relevancia. Para decirlo claramente, todos estos programas, a pesar de lo detallado y bien desarrollado de su contenido, son abstracciones. La secuencia de desarme mejor diseñada inevitablemente se parece más a las reglas de un juego o a un ejercicio de lógica académica que a un pronóstico de eventos reales en el mundo real. Esto es tan cierto respecto de las complejas propuestas de la actualidad como lo fue del "Plan para la Paz Perpetua en Europa" del Abad de St. Pierre de hace 250 años.

Claramente, parece que algún elemento esencial está faltando en todos estos esquemas. Una de nuestras primeras tareas fue la de procurar focalizar más nítidamente este factor faltante y creemos haberlo logrado. Consideramos que en el núcleo de cada estudio sobre la paz que hemos examinado - desde una modesta propuesta tecnológica (por ejemplo, la reconversión de una planta de gases venenosos a la producción de bienes equivalentes que sean "socialmente útiles"), hasta el más elaborado escenario de una paz universal para nuestros tiempos - yace un error conceptual fundamental y común a todos. Se trata de una misma fuente que genera un ambiente de irrealidad que pervade a todos estos planes. Se trata de la presunción incorrecta de que la guerra, como institución, se encuentra subordinada a los sistemas sociales a los que supuestamente sirve.

Este error conceptual aunque profundo y de amplios alcances, es totalmente comprensible. Pocos lugares comunes son aceptados tan sin cuestionamiento como aquél que indica que la guerra es una extensión de la diplomacia (o de la política, o de la búsqueda de objetivos económicos). Si ello fuera cierto, entonces sería totalmente apropiado que los economistas y los teóricos políticos consideraran a los problemas inherentes a la transición hacia la paz como esencialmente mecánicos y de procedimiento - que es precisamente lo que hacen al tratarlos como corolarios logísticos en la resolución de conflictos de interés nacional. Si ello fuera cierto, no habrían dificultades substanciales para la transición. Pues resulta evidente que, aun en el mundo actual, no existe ningún conflicto de interés concebible - sea éste real o imaginario y sea entre naciones o entre fuerzas sociales dentro de las naciones - que no pueda ser resuelto sin recurrir a la guerra si a tal resolución se le asigna un valor social prioritario. Y si ello fuera verdad, los análisis económicos y las propuestas de desarme a las que nos hemos referido, con todo lo plausible y bien diseñadas que estén - no inspirarían, como de hecho lo hacen, un sentimiento inevitable de falta de dirección.

El punto a resaltar es que esta suerte de lugar común no es verdadero y que los problemas de la transición son, en verdad, concretos y no meramente de procedimiento. Aunque a la guerra se la "utiliza" como un instrumento de la política nacional y social, el hecho de que una sociedad se organice para cualquier grado de aprestamiento para la guerra supera su estructura política y económica. La guerra en sí, es el sistema social básico, dentro del cual otros modos secundarios de organización social entran en conflicto o conspiran. Es el sistema que ha gobernado a la mayoría de las sociedades humanas que registra la historia y lo es también en la actualidad.

Una vez que este factor es comprendido correctamente, se torna clara la verdadera magnitud de los problemas presentados por una transición hacia la paz - que también es un sistema social en sí pero con pocos precedentes históricos, salvo en un pequeño número de sociedades pre-industriales. Al mismo tiempo, algunas de las contradicciones superficiales y extrañas de las sociedades modernas pueden entonces ser rápidamente racionalizadas. El tamaño y el poder "innecesarios" de la industria mundial de la guerra; la preeminencia del establishment militar en todas las sociedades, sea en forma abierta o encubierta; la exclusión de las instituciones militares o paramilitares de los standards sociales y legales en materia de comportamiento aceptado y que se requiere en todo otro ámbito social; el éxito de las actividades operacionales de las fuerzas armadas y de los fabricantes y proveedores de armamentos de ubicarse totalmente fuera del marco de las reglas económicas fundamentales de cada nación. Éstas y otras ambigüedades estrechamente asociadas con la relación entre la guerra y la sociedad son rápidamente aclaradas una vez que se acepta que el potencial de hacer la guerra es el principal factor estructurador dentro de la sociedad. Los sistemas económicos, las filosofías políticas y los cuerpos jurídicos sirven y amplían al sistema de guerra y no a la inversa.

Se debe enfatizar que el potencial de hacer la guerra dentro de una sociedad precede y se ubica por encima de sus otras características; no surge como resultado de la "amenaza" que se presume existente en un momento determinado y que proviene de otras sociedades. Esto es el reverso de la situación básica. Las "amenazas" en contra del "interés nacional" usualmente son generadas o aceleradas para satisfacer las necesidades cambiantes del sistema de guerra. Únicamente en tiempos relativamente recientes se ha considerado como políticamente conveniente eufemizar a los presupuestos de la guerra como requerimientos de la "defensa". La necesidad que tienen los gobiernos de distinguir entre la "agresión" (mala) y la "defensa" (buena) ha sido un subproducto de la creciente alfabetización y de las comunicaciones rápidas. Esta distinción es tan solo táctica y refleja una concesión a la creciente falta de adecuación de la antigua lógica política para organizar la guerra.

Las guerras no son "ocasionadas" por conflictos de intereses internacionales. Una secuencia lógica correcta indica que más a menudo resulta preciso decir que las sociedades guerreras requieren - y por ende deben generar - tales conflictos. La capacidad de una nación de hacer la guerra expresa el mayor poder social que pueda ejercer; hacer la guerra, activamente o contemplada, es un asunto de vida o muerte en la mayor escala sujeta al control social. Por ende, no debe sorprendernos que las instituciones militares en cada sociedad reclamen las máximas prioridades.

A su vez, hemos concluido que la confusión prevalente en el mito de que hacer la guerra constituye la herramienta de la política estatal, proviene de una generalizada malinterpretación de las funciones de la guerra. En general, estas funciones se perciben como consistentes en: la defensa de una nación ante el ataque militar por parte de otra nación, o la disuasión ante tal ataque; la defensa o avance de un "interés nacional" - económico, político, ideológico; el mantenimiento o el aumento del poder militar de una nación porque sí. Estas son las funciones visibles u ostensibles de la guerra. Si no hubiera ninguna otra, la importancia del establishment guerrero en una sociedad podría, en verdad, declinar hasta el nivel subordinado que se cree que ocupa. Y en tal caso, la eliminación de la guerra sería, en verdad, un asunto de procedimiento como los escenarios de desarme sugieren.

Pero existen otras funciones de la guerra, de mayor alcance y de efectos más profundos, en las sociedades modernas. Son estas funciones invisibles o implícitas las que mantienen a la disposición para la guerra como el factor dominante en nuestras sociedades. Y es el rechazo o la incapacidad de los analistas de escenarios de desarme y de planes de reconversión de tomarlos en cuenta lo que ha reducido la utilidad de sus trabajos, y los ha hecho parecer como poco relacionados con el mundo real que conocemos

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