martes, 17 de agosto de 2010

El Informe IRON MONTAIN Sección 5 - Las funciones de la guerra

Sección 5 - Las funciones de la guerra

Como hemos indicado, la preeminencia del concepto de la guerra como la principal fuerza organizadora en la mayoría de las sociedades no ha sido suficientemente apreciada. Esto también es verdad respecto de los efectos amplios a través de muchas actividades no-militares dentro de la sociedad. Estos efectos son menos evidentes en las sociedades industriales complejas como la nuestra que en las culturas primitivas, cuyas actividades pueden ser visualizadas y comprendidas más fácilmente.

Propusimos para esta sección examinar estas funciones no-militares, implícitas y usualmente invisibles de la guerra en lo que hace a su incidencia sobre los problemas de la transición hacia la paz para nuestra sociedad. La función militar u ostensible del sistema de guerra no requiere mayor elaboración; simplemente sirve para defender o avanzar el "interés nacional" a través de la violencia organizada. A menudo, resulta imprescindible para un establishment militar el poder crear la necesidad de sus poderes únicos - para mantener la justificación de su existencia, por así decirlo. Y un aparato militar saludable requiere de "ejercicio" regular, a través de cualesquiera circunstancias que se consideren necesarias, a fin de evitar su atrofiamiento.

Las funciones no-militares del sistema de guerra son más fundamentales. Existen no meramente para auto-justificarse, sino que también desempeñan un propósito social más amplio. Si algún día se elimina la guerra, las funciones militares que le han servido terminarán con ella. Pero sus funciones no-militares no concluirán. Resulta esencial, por ende, que se comprenda su significado antes de que podamos evaluar razonablemente cualesquiera instituciones que serán llamadas a reemplazarlas.

Económicas

La producción de armas de destrucción masiva siempre se ha visto asociada con el "desperdicio" económico. El término es peyorativo dado que implica una incapacidad funcional. Pero ninguna actividad humana puede considerarse justificadamente como un desperdicio si logra sus objetivos contextuales. La frase "un desperdicio, pero necesario" aplicable no tan solo a los gastos militares sino también a la mayoría de las actividades comerciales "no-productivas" de nuestra sociedad es una contradicción en los términos. "....Los ataques que se han lanzado desde los tiempos en que Samuel criticó al Rey Saúl por los gastos militares como si se tratara de un desperdicio bien pueden haber ocultado o malinterpretado la cuestión de que cierto tipo de desperdicio bien puede tener una utilidad social más amplia." (14)

En el caso del "desperdicio" militar existe, en verdad, una mayor utilidad social. Se deriva del hecho de que el "desperdicio" de la producción de guerra se ejerce enteramente fuera del marco de la economía de oferta y demanda. Como tal, provee el único segmento de envergadura y critico de la economía total que se encuentra sujeto a un control central completo y arbitrario. Si se puede describir a las sociedades industriales modernas como aquellas que han desarrollado la capacidad para producir más de lo que se requiere para su supervivencia económica (sin considerar las equidades en la distribución de los bienes dentro de las mismas), entonces el gasto militar puede definirse como el único contrapeso con suficiente inercia como para estabilizar el desarrollo de las economías. El hecho de que la guerra sea un "desperdicio" es precisamente lo que le permite cumplir con esta función. Y cuanto más rápidamente se desarrolla la economía en cuestión, más pesado debe ser ese contrapeso.

Esta función a menudo se la considera, con excesiva simpleza, como si fuera un mecanismo para el control de los excedentes. Un escritor sobre este tema lo describe de la siguiente manera: "¿Por qué es la guerra algo tan maravilloso? Porque genera una demanda artificial....el único tipo de demanda artificial, a su vez, que no genera problemas políticos: la guerra y solamente la guerra resuelve los problemas de inventario." (15)

La principal función económica de la guerra, en nuestra opinión, es que brinda precisamente un contrapeso semejante. Esto no debe confundirse con las distintas formas de control fiscal, ninguna de las cuales emplea directamente a grandes cantidades de hombres y de unidades productivas. No debe confundirse con los gastos masivos del gobierno en programas de asistencia social. Una vez iniciados, tales programas usualmente se transforman en parte integral de la economía general y dejan de estar sujetos a un control arbitrario.

Pero aun dentro del contexto de la economía civil general, a la guerra no se la puede considerar como completamente "desperdicial". Sin una economía de guerra largamente establecida, y sin su frecuente erupción en guerras calientes de magnitud, la mayoría de los principales adelantos industriales conocidos por la historia, comenzando con el desarrollo de hierro, jamás hubieran tenido lugar. La tecnología armamentista permite estructurar a la economía. Según el autor citado precedentemente, "Nada resulta más irónico o elocuente acerca de nuestra sociedad que el hecho de que la enormemente destructiva guerra conlleva una fuerza muy progresista dentro de ella....La producción bélica es progresista debido a que construye una producción que, de otra manera, no se hubiera realizado. (No se aprecia lo suficientemente el hecho de que, por ejemplo, el nivel de vida civil durante la Segunda Guerra Mundial mejoró). (16) Esto no es ni "irónico o elocuente" sino, esencialmente, se trata de un simple hecho.

También debe comprenderse que la producción bélica tiene un efecto sólidamente estimulante más allá de sí misma. Lejos de constituir un drenaje "desperdicial" sobre la economía, el gasto de guerra, si se lo considera pragmáticamente, constituye un factor de efectos consistentemente positivos sobre el aumento del producto bruto nacional y sobre la productividad individual. Un ex-Secretario del Ejército lo definió cuidadosamente para consumo público de la siguiente manera: "Si existe, como sospecho que es el caso, una relación directa entre el estímulo generado por los grandes gastos en materia de defensa y una tasa de crecimiento substancialmente mayor del producto bruto nacional, entonces simplemente puede concluirse que el gasto de defensa por sí mismo podría justificarse tan solo por razones económicas (se agrega el resaltado), como un factor estimulante del metabolismo nacional". (17) En realidad, la utilidad fundamental no-militar de la guerra dentro de las economías es mucho más reconocida de lo que la carencia de afirmaciones explícitas como la arriba indicada parecerían sugerir.

Sin embargo, abundan muchos reconocimientos públicos redactados en forma negativa acerca de la importancia de la guerra para la economía en general. El ejemplo más familiar es el efecto de las "amenazas de paz" sobre la bolsa de comercio, por ej., "Ayer Wall Street registró el cimbronazo de un aparente mensaje de paz desde Vietnam del Norte pero rápidamente recuperó su compostura luego de más o menos una hora de vender, a veces, en forma indiscriminada." (18) Los bancos, a su vez, solicitan depósitos con slogans precautorios semejantes; por ej., "Si la paz llega, ¿estará usted listo?" Un caso más sutil lo conformó la reciente renuencia del Depto. de Defensa de permitirle al gobierno de Alemania Occidental sustituir bienes no-militares por armamentos no deseados como parte de sus compromisos de adquisiciones a los Estados Unidos. La consideración decisiva fue que las compras germanas no debían afectar a la economía general (no militar). Otros ejemplos incidentales pueden observarse en las presiones ejercidas sobre el Departamento de Defensa cuando anuncia planes para cerrar alguna instalación obsoleta (por tratarse de una forma "desperdicial" del "desperdicio") y en la usual coordinación del incremento de actividades militares (como en Vietnam en 1965) en momentos en que se producen aumentos en la tasa del desempleo.

No pretendemos insinuar que no pueda diseñarse dentro de la economía un sustituto para la guerra. Sin embargo, no se ha probado hasta el presente que exista ninguna combinación de técnicas para controlar el empleo, la producción y el consumo que pueda compararse en su efectividad, ni por aproximación, con la guerra. La guerra es y ha sido el estabilizador económico esencial de las sociedades modernas.

Políticas

Las funciones políticas de la guerra han sido, hasta el momento, aun más críticas para la estabilidad social. No debe sorprendernos, sin embargo, que los análisis de reconversión económica para la paz tiendan a acallarse cuando se aborda el tema de su implementación política y que los escenarios de desarme, a menudo muy sofisticados en su evaluación de los factores políticos internacionales, tiendan a ignorar las funciones políticas del sistema de guerra dentro de las sociedades individuales.

Estas funciones son, esencialmente, organizacionales. En primer termino, la existencia de una sociedad como una "nación" política requiere como parte de su definición una actitud de relacionamiento hacia otras "naciones". Esto es lo que usualmente se denomina política exterior. Pero la política exterior de una nación no puede tener sustancia si no dispone de los medios para imponer su actitud sobre otras naciones. Solo puede realizar esto de una manera creíble si implica una amenaza de máxima organización política para este propósito - lo que significa que debe organizarse para algún grado de guerra. Correspondientemente, la guerra, de la manera que la hemos definido para que incluya todas las actividades nacionales que reconocen la posibilidad de conflicto armado, es en sí el elemento que define la existencia de cualquier nación en relación a cualquier otra nación. Dado que es un axioma histórico que la existencia de cualquier forma de armamento presupone su utilización, hemos utilizado la palabra "paz" como virtualmente sinónima con el desarme. Con el mismo criterio, la "guerra" es virtualmente sinónimo de la nacionalidad. La eliminación de la guerra implica la inevitable eliminación de la soberanía nacional y del estado-nación tradicional.

El sistema de guerra no solo ha sido esencial para la existencia de las naciones, como entidades políticas independientes, sino que también ha sido igualmente indispensable para la estabilidad de su estructura política interna. Sin ella, jamás gobierno alguna ha podido justificar su "legitimidad", o su derecho a gobernar a su sociedad. La posibilidad de la guerra brinda un sentimiento de necesidad externa sin la cual ningún gobierno puede perdurar un tiempo significativo en el poder. La historia revela un caso tras otro en el que el fracasado intento de un régimen de mantener la credibilidad de una amenaza de guerra condujo a su disolución, sea a través de las fuerzas del interés privado, por las reacciones de la injusticia social o por otros elementos desintegrantes. La organización de una sociedad para la posibilidad de la guerra es su principal factor estabilizador político. Resulta irónico que esta función primaria de la guerra haya sido reconocida por los historiadores en términos generales únicamente en aquellos casos en los que haya sido expresamente asumida: en las sociedades piratas de los grandes conquistadores.

La autoridad básica del estado moderno sobre su población reside en sus poderes de guerra. (Existen, en verdad, buenas razones para creer que los códigos de ley tuvieron su origen en las reglas de conducta establecidas por los militares victoriosos hacia sus enemigos derrotados, que luego se vieron adaptadas para aplicarse sobre todas las poblaciones sujetas) (19) En un plano diario, esta autoridad se ve representada por las instituciones de la policía, organizaciones armadas cuyo cometido expreso se relaciona con los "enemigos internos" de una manera militar. Al igual que el enemigo convencional "externo" militar, la policía también se ve básicamente excluida de muchas de las limitaciones legales civiles sobre el comportamiento social. En algunos países, la distinción artificial entre policía y otras fuerzas militares no existe. Sobre una base a largo plazo, los poderes de guerra y de emergencia de un gobierno - inherentes a la estructura estatal aun entre las naciones más liberales - definen el aspecto más significativo de la relación entre el estado y el ciudadano.

En las sociedades democráticas modernas más avanzadas, el sistema de guerra ha brindado a los líderes políticos otra función político-económico de creciente importancia: ha servido como el último gran bastión contra la eliminación de las necesarias clases sociales. A medida que la productividad económica aumenta hasta lograr niveles más y más por encima de la subsistencia mínima, se torna crecientemente difícil para una sociedad mantener patrones de distribución que aseguren la existencia de "cortadores de leña y acarreadores de agua". El continuado desarrollo de la automatización diferenciará aun más agudamente la distinción entre los trabajadores "superiores" y lo que Ricardo denominó los "incultos" (menial workers), mientras que simultáneamente se agrava el problema de mantener una fuente de abastecimiento de mano de obra sin capacitar.

La naturaleza arbitraria de los gastos de guerra y de las demás actividades militares transforma a éstas en instrumentos ideales para controlar las relaciones esenciales entre las clases. Obviamente, si el sistema de guerra fuera descartado, se requeriría inmediatamente el uso de nuevos mecanismos políticos para cumplir esta sub-función vital. Hasta tanto se hayan desarrollado, la continuidad del sistema de guerra debe verse asegurada, aunque tan solo sea para preservar la calidad y el grado de pobreza que una sociedad requiere como un incentivo, como así también para mantener la estabilidad de su organización interna del poder.

Sociológicas

Bajo este rubro, examinaremos el punto de unión de las funciones brindadas por el sistema de guerra que afectan al comportamiento humano dentro de la sociedad. En términos generales, son de una aplicación más amplia y menos susceptibles a la observación directa que los factores económicos y políticos previamente considerados.

La más obvia de estas funciones es el uso tradicional de las instituciones militares para brindar a los elementos antisociales un rol aceptable dentro de la estructura social. Los movimientos sociales desintegrativos e inestables, que se describen en términos generales como "fascistas", tradicionalmente se han enraizado en sociedades que han carecido de alternativas militares o paramilitares adecuadas para satisfacer las necesidades de estos elementos. Esta función ha sido crítica en períodos de cambios rápidos. Las señales de peligro son fáciles de reconocer, aunque sus estigmas porten diferentes nombres en diferentes tiempos. Los lugares comunes eufemísticos actuales - "delincuencia juvenil" y "alienación" - han tenido sus contrapartidas en cada edad. En épocas anteriores, estas condiciones eran resueltas directamente por los militares sin las complicaciones del debido proceso, usualmente a través de pelotones de reclutamiento o la esclavitud. Pero no resulta difícil imaginar, por ejemplo, el grado de disrupción social que hubiera tenido lugar en los Estados Unidos a lo largo de las ultimas dos décadas si el problema de las personas socialmente desalineadas durante el periodo de la pos-Segunda Guerra Mundial no hubiese sido previsto y adecuadamente canalizado. Los elementos más jóvenes y peligrosos de estos grupos sociales hostiles se han mantenido bajo control por el Sistema de Servicio Selectivo (Selective Service System - la conscripción).

Este sistema y sus esquemas análogos en otras naciones, brinda ejemplos muy claros de una utilidad militar indirecta. Personas bien informadas en este país jamas han aceptado la lógica oficial de un sistema de conscripción en tiempos de paz - por necesidad militar, para estar listos, etc. - como digno de una consideración seria. Pero lo que ha ganado en credibilidad entre las personas más pensantes es la poco mencionada y no tan fácilmente refutable propuesta de que la institución del servicio militar tiene una prioridad patriótica en nuestra sociedad, que debe mantenerse por su propio valor. Irónicamente la explicación oficial simplista acerca del servicio de conscripción se aproxima más a la verdad una vez que las funciones no-militares de las instituciones militares son comprendidas. Como un instrumento de control sobre elementos hostiles, nihilísticos y potencialmente desestabilizantes de una sociedad en transición, el sistema de conscripción puede ser defendido, y muy convincentemente, como una necesidad "militar".

Tampoco puede considerarse como una casualidad el hecho de que la actividad militar abierta, y por ende el nivel de los reclutamientos por conscripción, tiendan a seguir las principales fluctuaciones en la tasa de desempleo entre los grupos de menor edad. Esta tasa, a su vez, es un indicio tradicional del descontento social. Debe tenerse en cuenta también que las fuerzas armadas en cada civilización han brindado el principal refugio apoyado por el estado para lo que hoy denominamos personas "no empleables". El típico ejército permanente europeo (de hace cincuenta años) consistía de "...tropas no aptas para el empleo en el comercio, industria, o agricultura lideradas por oficiales no aptos para ninguna profesión legitima o para conducir un negocio o empresa." (20)

Esto, en gran medida, sigue siendo verdad aunque sea menos aparente. En alguna medida, esta función de lo militar como custodio de lo económica o culturalmente insuficiente fue el precursor de los contemporáneos programas de asistencia social civiles, desde el WPA hasta las distintas formas de seguridad médica y social "socializadas". Resulta interesante comprobar que sociólogos liberales actualmente están proponiendo que el Sistema de Conscripción sea utilizado como un medio para mejorar el nivel cultural de los sectores pobres y que se considere esto como una aplicación nueva en la práctica militar.

Aunque no pueda decirse en forma absoluta que medidas críticas de control social, como la conscripción, requieren una lógica militar, ninguna sociedad moderna ha estado dispuesta a arriesgarse con algún experimento de otra naturaleza. Aun durante períodos de relativamente simple crisis social como la así-llamada Gran Depresión de los años treinta, se consideraba prudente por parte del gobierno imprimirle a proyectos laborales menores como el Cuerpo de Conservación "Civil", un carácter militar y la más ambiciosa National Recovery Administration (el New Deal del presidente Franklin D Roosevelt) fue colocada en sus comienzos bajo la dirección de un oficial profesional del ejército. En la actualidad, por lo menos una pequeña nación del norte de Europa plagada de problemas sociales entre sus "jóvenes alienados" se encuentra considerando la conveniencia de ampliar sus fuerzas armadas a pesar de la problemática de aumentar la credibilidad de una inexistente amenaza externa.

Se han realizado esfuerzos esporádicos de promover el reconocimiento general de las naciones amplias, libres de connotaciones militares, pero estos intentos han resultado poco efectivos. Por ejemplo, para obtener el apoyo del publico para programas tan modestos de ajuste social como la "lucha contra la inflación" o "mantener la salud física", ha sido necesario que el gobierno utilizara incentivos patrióticos (o sea, militares). Vender bonos para la "defensa" y equipar a la salud con la preparación militar. Esto no debe sorprendernos por cuanto el concepto de la "nacionalidad" implica estar preparados para la guerra, por lo que un programa "nacional" debe hacer lo mismo.

En términos generales, el sistema de guerra brinda la motivación básica para la organización social primaria. Al hacerlo, refleja a nivel social, los incentivos que hacen al comportamiento humano individual. El más importante de éstos, a los efectos sociales, lo conforma la necesidad psicológica individual de lealtad hacia una sociedad y sus valores. La lealtad requiere de una causa; una causa requiere de un enemigo. Hasta aquí lo obvio; el punto critico radica en el hecho de que el enemigo que define la causa debe percibirse como realmente formidable. En términos generales, el poder que se presume de semejante "enemigo" debe ser lo suficientemente importante como para generar un sentido individual de lealtad hacia una sociedad y debe ser proporcional al tamaño y complejidad de esa sociedad. Hoy en día, por supuesto, ese poder debe ser de una magnitud y terror sin precedentes.

De los patrones de comportamiento humano, puede concluirse que la credibilidad en un "enemigo" social requiere simultáneamente un alistamiento para responderle en forma proporcional a la amenaza que representa. En un contexto social amplio, el "ojo por ojo" aun caracteriza la única actitud aceptable hacia una amenaza de agresión presumida, a pesar de los preceptos religiosos y morales en contrario que gobiernan a la conducta personal. La gran distancia entre el plano de las decisiones personales y el de las consecuencias sociales en una sociedad moderna torna fácil a sus miembros mantener esta actitud sin ser conscientes de ella. Un ejemplo reciente de ello fue la Guerra de Vietnam; un ejemplo menos reciente fue el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. (21) En cada caso, la magnitud y futilidad de las masacres fueron abstraídas dentro de fórmulas políticas por la mayoría de los (norte)americanos, una vez que la propuesta de que las víctimas eran "enemigas" quedó establecida. El sistema de guerra también hace posible semejante respuesta abstracta dentro de contextos no-militares. Un ejemplo convencional de este mecanismo lo encontramos en la incapacidad de la mayoría de la gente para relacionar, por ejemplo, la hambruna de millones de seres en la India con sus propias decisiones en materia política adoptadas en el pasado. Sin embargo, la lógica secuencial que encadena una decisión de restringir la producción de granos en los Estados Unidos con una eventual hambruna en Asia resulta obvia, no-ambigua y difícil de disimular.

Lo que le otorga al sistema de guerra su rol pertinente en la organización social, como en otros rubros, es su autoridad sin igual sobre la vida y la muerte. Debe enfatizarse nuevamente que el sistema de guerra no es una mera extensión social de la necesidad presumida de violencia humana individual sino que sirve en si mismo para racionalizar a la mayor parte de las matanzas no-militares. También brinda un antecedente para la voluntad colectiva de los miembros de una sociedad, para pagar un precio en sangre como precio por instituciones mucho menos centrales a la organización social que la propia guerra. Para tomar un ejemplo a mano, "...en lugar de aceptar los limites de velocidad de 20 millas por hora, preferimos dejar que los automóviles maten 40.000 personas al año." (22) Un analista de la RAND Corporation lo dice en términos más generales y menos retóricos: "Estoy seguro de que existe un nivel deseable de accidentes automovilísticos - deseable desde el sentido de una amplia visión del problema; en el sentido de que resulta un costo necesario respecto de un elemento que tiene un valor mucho mayor para la sociedad." (23) El punto puede resultar demasiado obvio para ser reiterado pero resulta esencial a fin de lograr una comprensión cabal de la importancia de la función motivacional de la guerra como un modelo de sacrificio colectivo.

Un vistazo sobre algunas sociedades modernas perimidas resulta muy instructivo. Una de las características subrayables que resultan comunes a las mayores, más complejas y exitosas civilizaciones de la antigüedad, fue su uso generalizado del sacrificio de sangre. Si uno se limitara a la consideración de esas culturas, cuya hegemonía regional era tan completa que la posibilidad de la "guerra" se había transformado en algo virtualmente inconcebible - como fue el caso de varias de las grandes civilizaciones precolombinas del hemisferio occidental - se encontraría con que cierta forma de matanza ritual siempre ocupó una posición de enorme importancia social dentro de cada una de ellas. Invariablemente, el ritual era investido de un significado mítico o religioso; y como resulta con toda práctica religiosa y totémica, el ritual enmascaraba una función social más amplia e importante.

En estas sociedades, el sacrificio de sangre servía al propósito de mantener un vestigio de "preparación" respecto de la capacidad y voluntad de la sociedad para hacer la guerra - o sea, de matar y ser matado - en el caso de que alguna circunstancia mística - o sea, no prevista - diera lugar a semejante posibilidad. Que dicha "preparación" no resultó ser un adecuado sustituto para una organización militar genuina cuando el enemigo impensable, como fue el conquistador español, apareció en el escenario, no invalida en absoluto la función cumplida por el ritual. Se trataba primariamente, si no exclusivamente, de un recordatorio simbólico de que la guerra había alguna vez sido la fuerza organizadora central de la sociedad y que dicha condición podría repetirse.

Esto no significa que una transición hacia la paz total en las sociedades modernas requeriría el uso de semejante modelo aun con un disfraz menos "bárbaro". Pero la analogía histórica sirve como recordatorio de que un sustituto viable para la guerra como sistema social no puede limitarse a una mera farsa simbólica. Debe involucrar un riesgo autentico de destrucción personal y a una escala consistente con el tamaño y complejidad de los sistemas sociales modernos. La clave es su credibilidad. Sea ese sustituto de naturaleza ritual o de funcionamiento concreto, a no ser que brinde una amenaza de vida o muerte creíble, no servirá para la función social organizadora que cumple la guerra.

La existencia de una amenaza externa aceptada, entonces, resulta esencial para lograr la cohesión social como así también la aceptación de la autoridad política. Esta amenaza debe ser creíble, debe ser de una magnitud consistente con la complejidad de la sociedad amenazada y debe aparecer, como mínimo, afectando a la sociedad en su conjunto.

Ecológicas

El hombre, como todos los demás animales, está sujeto a un proceso continuo de adaptación a las limitaciones de su medio ambiente. Pero el mecanismo principal que ha utilizado para este propósito es único entre los seres vivientes. Para conjurar a los inevitables ciclos históricos de insuficientes recursos en materia de alimentos, el hombre pos-neolítico destruye a los miembros excedentes de su propia especie a través de la guerra organizada.

Los etólogos (24) han observado que la matanza organizada de miembros de la propia especie resulta prácticamente desconocida entre otros animales. La especie humana tiene una propensidad a matar a su propia especie (compartida hasta cierto limite con las ratas) y su incapacidad de adaptar patrones de supervivencia perimidos (como la caza primitiva) puede atribuirse al desarrollo de "civilizaciones" en las cuales estos patrones no pueden ser sublimados efectivamente. También puede atribuirse a otras causas que han sido propuestas, tales como un "instinto territorial" mal adaptado, etc. No obstante, la propensión existe y su expresión social a través de la guerra constituye un control biológico sobre la relación con el medioambiente natural que es propiedad únicamente del hombre.

La guerra ha ayudado a asegurar la supervivencia de la especie humana. Pero como mecanismo evolutivo para mejorarla, la guerra ha resultado casi increíblemente ineficiente. Con pocas excepciones, los procesos de selección de otras criaturas vivientes promueve tanto la supervivencia especifica como la mejora genética. Cuando un animal convencionalmente adaptativo se enfrenta a una de sus periódicas crisis de insuficiencia, son los miembros "inferiores" de la especia los que normalmente desaparecen. La respuesta social de un animal a semejante crisis puede cobrar la forma de una migración masiva durante la cual los débiles quedarán en el camino. O puede adoptar el más dramático y más eficiente patrón de la sociedad de lemingos en la que los miembros más débiles voluntariamente se dispersan dejando las provisiones de alimentos para los más fuertes. En cualquiera de los casos, los fuertes sobreviven y los débiles caen. En las sociedades humanas, aquellos que luchan y mueren en guerras de supervivencia son, generalmente, sus miembros biológicamente más fuertes. Esto configura una selección natural al revés.

Los efectos genéticos regresivos de la guerra han sido señalados (25) en diversas ocasiones y también deplorados aun cuando se confunden factores biológicos con factores culturales. (26) Esta pérdida desproporcionada de los miembros biológicamente más fuertes es inherente a la guerra tradicional. Permite señalar el hecho de que la supervivencia de la especie y no su mejora es el propósito fundamental de la selección natural, si se puede decir que tenga un propósito, en el mismo sentido de la premisa fundamental del presente estudio.

Pero como manifestara Gaston Bouthoul, (27) otras instituciones desarrolladas para servir esta función ecológica han demostrado ser aun menos satisfactorias. (Se incluyen formas establecidas como las siguientes: el infanticidio practicado principalmente en sociedades antiguas y primitivas; la mutilación sexual; el monasticismo; la emigración forzada; los castigos capitales generalizados como en la antigua China y en la Inglaterra del siglo XVIII; y otras prácticas similares, usualmente localizadas).

La capacidad del hombre para incrementar su productividad en rubros esenciales para la supervivencia física, sugieren que la necesidad de protección ante hambrunas cíclicas puede hoy ser casi obsoleta. (28) Correspondientemente, existe la tendencia a reducir la importancia aparente de la función básica ecológica de la guerra, que usualmente es ignorada por los teóricos de la paz. Dos aspectos de la misma sin embargo, siguen siendo particularmente relevantes. El primero es obvio: las tasas actuales de crecimiento poblacional agudizado por la amenaza ambiental de productos químicos y otros contaminantes bien podrían generar una nueva crisis de insuficiencia. En caso de resultar así, seguramente será de una magnitud global sin precedentes y no meramente regional o temporaria. Los métodos convencionales de guerra seguramente resultarían inadecuados, en este caso, para reducir el tamaño de la población consumidora a un nivel consistente con la supervivencia de la especie.

El segundo factor relevante es la eficiencia de los métodos modernos de destrucción masiva. Aun si su uso no es requerido para hacer frente a la crisis demográfica mundial, ofrecen paradójicamente, la primer oportunidad en la historia de la humanidad de frenar los efectos genéticos regresivos en la selección natural a través de la guerra. Las armas nucleares operan en forma indiscriminada. Su aplicación conllevaría el fin de la destrucción desproporcionada de los miembros físicamente más fuertes de la especie (los "guerreros") en épocas de guerra. Si esta posible ventaja genética compensaría las mutaciones desfavorables que previsiblemente ocasionaría la radioactividad posnuclear, es algo que no hemos aun evaluado. Lo que hace que esta cuestión sea pertinente a nuestro estudio es la posibilidad de que semejante determinación pudiera tener que llevarse a cabo en algún momento.

Otra tendencia ecológica secundaria sobre el crecimiento demográfico proyectado es el efecto regresivo de ciertos avances médicos. La peste, por ejemplo, ya no resulta más un factor importante en el control poblacional. El problema del aumento en la expectativa de vida se ha visto agravado. Estos adelantos también presentan un problema potencialmente más siniestro en el sentido de que las características genéticas que previamente se autoliquidaban, ahora pueden ser mantenidas clínicamente. Muchas enfermedades que antes eran fatales a edades procreadoras ahora pueden ser curadas; el efecto de este hecho es que permite perpetuar susceptibilidades y mutaciones no-deseadas. Queda claro que una nueva, cuasi-eugénica función de la guerra se encuentra en proceso de formación y deberá tenerse en cuenta en cualquier plan de transición. Por el momento, el Departamento de Defensa parece haber reconocido tales factores que quedaron demostrados por el proceso de planeamiento actualmente llevado a cabo por la RAND Corporation para hacerle frente a la pérdida del equilibrio ecológico que se anticipa que ocurriría tras una guerra termonuclear. El Departamento también ha comenzado a acopiar pájaros, por ejemplo, contra la esperada proliferación de insectos resistentes a la radioactividad, etc.

Culturales y científicas

El orden declarado de valores en las sociedades modernas otorga una alto lugar a las asi-llamadas actividades "creativas" y un lugar aun más alto a aquellas asociadas con el avance del conocimiento científico. Valores mantenidos en amplios círculos sociales pueden traducirse en sus equivalentes políticos, lo que a su vez puede influir sobre la naturaleza de una transición hacia la paz. Las actitudes de aquellos que sostienen dichos valores debe ser tenido en cuenta durante el planeamiento de la transición. La dependencia, entonces, de los logros culturales y científicos dentro del sistema de guerra sería una consideración importante en un plan de transición aun si tales logros no tuvieran una función social inherentemente necesaria.

De todo el cúmulo de dicotomías inventadas por los estudiosos para explicar las principales diferencias en los estilos y ciclos artísticos, solamente uno ha sido consistentemente no-ambiguo en su aplicación a una variedad de formas y culturas. De cualquier forma que se lo exprese, la distinción básica es esta: ¿Está la obra orientada hacia la guerra o no? Entre los pueblos primitivos, la danza de guerra es la forma artística más importante. En otras culturas, la literatura, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura que se han ganado una aceptación permanente, se han referido invariablemente al tema de la guerra, sea en forma explicita o implícita, con lo que expresan la centralidad de la guerra para la sociedad. La guerra en cuestión puede ser un conflicto nacional, como en las obras de Shakespeare, la música de Beethoven, o las pinturas de Goya, o puede verse reflejada en la forma de luchas religiosas, sociales o morales como en las obras de Dante, Rembrandt y Bach. El arte que no pueda ser clasificado como orientado hacia la guerra suele describirse como "estéril", "decadente" y cosas por el estilo. La aplicación del "standard de guerra" a las obras de arte a menudo dejará un amplio espacio de debate en casos individuales, pero no existen dudas acerca de su rol como función determinante de valores culturales. Los standards estéticos y morales tienen un origen antropológico en común, en la exaltación de la valentía, y en la predisposición para matar y arriesgar la muerte en la guerra tribal.

También resulta instructivo observar que el carácter de la cultura de una sociedad mantiene una estrecha relación con su potencial para hacer la guerra dentro del contexto de su época. No es ningún accidente que la actual "explosión cultural" en los Estados Unidos tenga lugar en una época marcada por un desarrollo inusualmente rápido de la tecnología bélica. Esta relación se reconoce más generalmente de lo que dejaría entrever la literatura especializada en este tema. Por ejemplo, muchos artistas y autores están comenzando a expresar su preocupación acerca de las opciones de creatividad limitadas que prevén en un mundo sin guerras, que ellos creen o esperan estará pronto entre nosotros. Actualmente, se están preparando para esta posibilidad realizando experimentaciones sin precedentes con formas carentes de sentido; sus intereses en años recientes se han focalizado crecientemente en diseños abstractos, emociones gratuitas, ocurrencias fortuitas y secuencias sin relación.

La relación de la guerra con la investigación y el descubrimiento científico resulta más explicita. La guerra es la fuerza motivacional más importante para el desarrollo de la ciencia en todos los niveles, desde el nivel abstractamente conceptual hasta el estrechamente tecnológico. La sociedad moderna le otorga un alto valor a la ciencia "pura" pero históricamente resulta inevitable que todos los descubrimientos significativos que se han hecho acerca del mundo natural se hayan visto inspirados por las reales o imaginarias necesidades militares de las distintas épocas. Las consecuencias de los descubrimientos luego han ido más allá del campo de la guerra, pero fue la guerra la que siempre ha provisto el incentivo inicial.

Comenzando con el desarrollo del hierro y el acero, avanzando por los descubrimientos de las leyes del movimiento y la termodinámica, hasta la era de la partícula atómica, el polímero sintético y la cápsula espacial, no existe ningún adelanto científico de importancia que no se haya visto instigado, aunque más no sea indirectamente, por los requerimientos de los armamentos. Ejemplos más prosaicos incluyen la radio a transistores (una consecuencia de requerimientos militares en materia de comunicaciones), la línea de montaje (como consecuencia de los requerimientos de armas durante la Guerra Civil), las estructuras de armazón de acero (que surgieron de los acorazados de guerra), las represas en los canales, etc. Una adaptación típica podemos comprobarla en un artefacto tan modesto como la cortadora de césped: se desarrolló partiendo de la guadaña giratoria inventada por Leonardo da Vinci para que precediera a los vehículos tirados por caballos que se lanzaban sobre las filas enemigas.

La relación más directa puede hallarse en la tecnología médica. Por ejemplo, una enorme "máquina de caminar" que amplifica los movimientos del cuerpo se inventó para uso militar en terrenos difíciles y ahora permite que muchas personas que estaban confinadas a sillas de ruedas puedan desplazarse caminando. La Guerra de Vietnam por si sola motorizó espectaculares adelantos en procedimientos de amputación de miembros, técnicas de manejo de sangre y logística quirúrgica. Ha estimulado investigaciones a gran escala sobre la malaria y otras enfermedades parasitarias tropicales. Resulta difícil estimar cuanto tiempo hubiese demandado este trabajo en otras circunstancias, a pesar de su enorme importancia no-militar para casi la mitad de la población del mundo.

Otras

Hemos optado por omitir en nuestro análisis de las funciones no-militares de la guerra, a aquellas que estimamos no son criticas para un programa de transición. Ello no significa que estas otras funciones no sean importantes, sino meramente que parecerían no representar problemas especiales para la organización de un sistema social orientado hacia la paz. Estas incluyen a las siguientes:

La guerra como un factor de liberación social general. Esta es una función psicológica que sirve las mismas funciones para la sociedad como las vacaciones, la celebración, y la orgía para el individuo - la liberación y redistribución de tensiones indiferenciadas. La guerra brinda el necesario periódico reajuste de los standards de comportamiento social (el "clima moral") y permite disipar el aburrimiento general, uno de los fenómenos sociales más consistentemente subvaluados y no reconocidos que existen.

La guerra como un estabilizador generacional. Esta función psicológica, que se sirve de otros patrones de comportamiento en otros animales, permite a las generaciones más viejas que se van deteriorando físicamente mantener un cuota de control sobre la generación más joven, destruyéndola si es preciso.

La guerra como un clarificador ideológico. El dualismo que caracteriza a la dialéctica tradicional en todas las ramas de la filosofía y en las relaciones políticas estables proviene de la guerra como prototipo del conflicto. Salvo por consideraciones secundarias, no puede existir - para decirlo lo más simplemente que se puede - más de dos lados a una cuestión por la sencilla razón de que no puede haber más de dos lados en una guerra.

La guerra como la base del entendimiento internacional. Antes del desarrollo de las comunicaciones modernas, los requerimientos estratégicos de la guerra brindaban el único incentivo substancial para el enriquecimiento de una cultura nacional con los logros de otra. Aunque esto aun sea el caso en muchas relaciones internacionales, esta función se encamina hacia la obsolescencia.

También hemos omitido una caracterización amplia de aquellas funciones que presumimos son ampliamente y explícitamente reconocidas. Como un ejemplo obvio de ello, mencionamos el rol de la guerra como controlador de la calidad y del grado de desempleo. Esto es más que una sub-función económica y política; sus aspectos sociológicos, culturales y ecológicos también son importantes aunque a menudo también teleonómicos. Pero ninguna afectan el problema general de la sustitución. Los mismos rigen para ciertas otras funciones; los que hemos enumerados son suficientes para definir el marco del problema

No hay comentarios:

Publicar un comentario